Reflexiones sobre la Serie Adolescencia: Primera Parte

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La masculinidad no es destino biológico sino construcción simbólica. Sin figuras paternas sólidas, las redes sociales moldean identidades frágiles: Jamie encarna cómo el discurso incel coloniza adolescentes que no asumen la castración.

El interrogante sobre la responsabilidad subjetiva en la adolescencia se enlaza con un segundo eje crucial: el acceso a una posición sexuada, especialmente a la masculinidad. Desde la perspectiva estructural del psicoanálisis, no se trata de categorías identitarias sino del modo en que un sujeto se posiciona frente a la castración. La pubertad inaugura la «conformación sexual definitiva», donde los sexos se diferencian según las nominaciones del Otro y la ubicación en relación con la función fálica (Szapiro, 2018). La masculinidad, por lo tanto, no es un dato biológico ni un destino, sino una solución posible frente a lo imposible del sexo.

Este acceso se articula con el sepultamiento del complejo de Edipo, cuyas identificaciones simbólicas permiten la salida al mundo exogámico a través de los rasgos valorados de quien haya cumplido la función paterna, para así regular el deseo anudado a la ley. Sin embargo, el escenario contemporáneo complejiza este recorrido. Diversos autores señalan la declinación del Ideal y la caída de las figuras de autoridad: el padre moderno aparece desvalorizado, vacilante o directamente ausente, lo que conduce a una pluralización de identificaciones imaginarias que no necesariamente sostienen un lazo simbólico.

En este contexto irrumpen las redes sociales como nuevos espacios de inscripción de la masculinidad. En Adolescencia, Jamie es hostigado por no encarnar el estereotipo de «varón deseable», lo que alimenta su identificación con discursos incel. El incel se define por ubicar la imposibilidad estructural del deseo como una injusticia infligida por el Otro, lo que deriva en victimización y resentimiento. Desde la perspectiva lacaniana, esta posición señala un fracaso en asumir la castración como condición del deseo.

La serie muestra cómo los adolescentes varones oscilan entre la sobreactuación viril —fuerza, dominio, frialdad— y la inhibición o el desconcierto. En ambos extremos se juega la angustia ante la castración: no hay relación sexual y el otro no viene a completar al sujeto. La tensión radica en si pueden pasar de la posición de objeto rechazado a la de sujeto deseante, operación que exige pérdida, límite y simbolización.

Nazarena Suárez

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