Reflexiones sobre la Serie Adolescencia: Tercera Parte

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Entre el rito iniciático que usa el cuerpo femenino y el resentimiento incel, dos caras de una masculinidad en crisis. El femicidio es su expresión extrema; la clínica, el espacio para inventar una salida propia.

El fenómeno incel obliga a repensar el acceso contemporáneo al ser-hombre. La masculinidad hegemónica sigue proponiendo como prueba de virilidad la conquista sexual, mientras que su fracaso puede conducir al odio, la retraída o la violencia. La pubertad sigue siendo el escenario donde esta pregunta se juega, pero hoy sin los rituales de pasaje tradicionales que antes vehiculizaban la función paterna (Szapiro, 2011). Esto deja a muchos jóvenes librados a identificaciones imaginarias frágiles o mortíferas.

Autores como Volnovich (2006) permiten profundizar este punto. Su análisis sobre el mandato de «ir de putas» como rito de iniciación masculina muestra cómo se promueve en los adolescentes un modo de «probarse» varón mediante el uso del cuerpo femenino como objeto de confirmación viril. Esta escena no funda una posición sexuada masculina, sino que muchas veces refuerza la escisión entre cuerpo y goce y produce efectos traumáticos. Este modelo y la lógica incel funcionan como dos caras de una misma moneda: en un caso se fuerza la actuación viril; en el otro, se instala la impotencia resentida frente a la imposibilidad de acceder al sexo. Ambos muestran una dificultad en alojar la falta estructural que constituye el deseo.

La serie Adolescencia ilustra estas coordenadas. Algunos personajes intentan afirmarse mediante prácticas que simulan dominio; otros se replegan en el aislamiento, el rencor o la culpa. Pero el punto más extremo es el femicidio presentado en la trama: «un crimen de odio hacia la mujer por sentirse ofendido en su imagen viril» (Laso y Fariña, 2025). Este acto es singular y a la vez social, inscrito en el patriarcado y en las respuestas actuales a la crisis de la masculinidad.

La clínica con adolescentes varones requiere abrir un espacio donde cada sujeto pueda inventar una salida propia, no basada en mandatos de poder ni en victimización, sino en la aceptación del límite y en la posibilidad de desear. El desafío no es reinstalar un ideal, sino acompañar una respuesta subjetiva singular frente a lo real que la pubertad inaugura.

Nazarena Suárez

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