Página 12: Dolor de Hijos, Dolor de Padres

La autora da cuenta del trabajo con grupos de reflexión, en una escuela pública para adolescentes que no habían logrado insertarse en el sistema educativo formal. Sostiene que “muchos jóvenes están ubicados en un lugar de objeto de desecho del sistema” y cuenta que desde que estos chicos –y también sus padres– fueron escuchados, “la violencia disminuyó, su confianza aumentó y pueden manifestar sus problemas por vía de la palabra”.

Por Liliana Szapiro *

La población destinataria de nuestra intervención fue la comunidad educativa de una de las escuelas del Ciclo Básico con Formación Ocupacional (CBO) que funcionan en la ciudad de Buenos Aires desde 1996. Recordemos que los CBO alojan a jóvenes que, por diversos motivos, no han logrado insertarse en el nivel medio del sistema formal; apuntan a paliar los efectos segregativos del sistema educativo. Su objetivo es que los jóvenes, luego de los tres años de cursada, obtengan un título intermedio: en el caso del CBO en el que se desarrolló el trabajo, los jóvenes pueden optar entre los títulos de técnico de cocina o técnico en fotografía. Por otra parte, a lo largo de esos tres años ellos cursan el primer año del bachillerato: así, la escuela posibilita a los jóvenes un tiempo diferente para el aprendizaje. Finalizados estos tres años, ellos pueden reinsertarse en el sistema educativo formal. A partir de 2008, trabajamos con los alumnos mediante talleres de reflexión centrados en la temática de los derechos de los jóvenes. Y condujimos tratamientos terapéuticos de jóvenes y sus familias, derivados por los profesionales de la escuela. A esta escuela asisten jóvenes de muchos barrios de Buenos Aires, en su mayoría de una extracción social muy humilde. No han logrado insertarse en el nivel medio del sistema formal: en general han repetido el año varias veces y manifiestan dificultades en el proceso de aprendizaje.

Hemos podido concluir que, en la gran mayoría de los casos, se encuentran posicionados como “discapacitados”. El hecho de no poder asistir y sostener un ciclo educativo en las escuelas para ellos consideradas “normales” se traduce, en relación con la imagen que ellos tienen de sí mismos, de manera descalificatoria. Por otra parte, se ubican con cierta dificultad para elaborar un proyecto personal de inclusión en lazos sociales más abarcativos. Esto tiene como consecuencia, muchas veces, que se ubiquen en situación de marginalidad y que en sus vidas prime la actuación y no la reflexión.

En función de estas cuestiones, propusimos un proyecto de trabajo cuyos destinatarios principales han sido los adolescentes que asisten a esta escuela, como también los padres y los docentes. Nuestra tarea estuvo centrada en grupos de reflexión dirigidos a los jóvenes, los padres y los docentes; entrevistas con los padres; oferta de tratamiento psicoanalítico a los jóvenes y sus familias; creación de una revista donde los jóvenes pudieran difundir las actividades que organizan.

En los grupos de reflexión, al principio a los jóvenes les resultaba muy difícil hablar. Manifestaban continuamente su descontento y su queja hacia el entorno. En algunos grupos manifestaron una fuerte desconfianza hacia todos los adultos. Interrumpían los encuentros con gritos y agresiones. En los grupos de primer año, la desconfianza no fue tan alta: se trataba de púberes, cuya preocupación central era el tema del amor: los varones se preguntaban por qué las mujeres dañaban; las mujeres, por qué los varones engañaban. Los encuentros con el otro sexo tenían para la mayoría de ellos un cariz peligroso. Y también se preguntaban por qué estaban en una escuela para chicos “anormales”. Varios de ellos dijeron: “Nos falta un jugador…”.

También los jóvenes de los grupos de segundo y tercer año –que al principio sólo gritaban, se pegaban y a veces actuaban escenas eróticas delante de sus compañeros y de los coordinadores del grupo–, poco a poco comenzaron a hablar y a contar sus historias de vida. Comenzaron a mermar las actuaciones. Muchos de ellos habían sido abandonados por sus padres, otros estaban en hogares de tránsito porque sus padres les pegaban. Muchas veces contaban sin manifestar angustia y situaciones muy dramáticas de sus vidas, como si miraran la escena desde afuera, como si no las hubieran padecido. Como anestesiados de tanto dolor.

Insistían en que les dolía ir a una escuela de chicos “anormales”. Les dolía el desprecio y la burla de los jóvenes de una escuela vecina con la que comparten el patio. Manifestaban su bronca y resentimiento hacia esos jóvenes y hacia todos aquellos por los que se sintieron tratados con desprecio.

Cuando les propusimos armar una revista, se entusiasmaron: de esa manera iban a poder demostrar a sus vecinos que ellos podían hacer lo que hacen los jóvenes “normales”. Sostener el proyecto fue difícil para ellos, porque no están acostumbrados a escribir. Pero les interesó que la revista tuviera una continuidad: pensaban que, aunque en el primer número muchos no tendrían tanta participación, sí podrían tenerla en el próximo (la revista, editada por la Fundación Asistir, se llama CBO III. Un Lugar para Crecer).

Los grupos de reflexión con los jóvenes se sostuvieron en la promoción del trabajo sobre la singularidad de los sujetos, los derechos de los jóvenes y la cuestión de la discriminación, propiciando que pudieran manifestar sus problemáticas por vía de la palabra y no de la actuación.

Sobras

En los grupos de reflexión con padres, al principio asistían en busca de recetas para saber qué hacer con sus hijos; de a poco comenzaron a implicarse subjetivamente y hablaron de sus preocupaciones, sus angustias, sus historias de vida. Muchos de ellos comenzaron a alentar a otros padres para que asistieran a las reuniones. Las problemáticas de sus hijos los habían llevado a hablar de sus propias historias, que en casi todos los casos eran muy dramáticas, y en las que estaba presente la segregación. Cada uno de ellos, por diversas circunstancias, había sido segregado de su grupo, de su familia. Por ejemplo, una mujer nacida en un país vecino había sido, según sus propias palabras, literalmente “vendida” como sierva por su madre, a una familia. Su tarea era cuidar a niños un poco más chicos que ella, llevarlos a la escuela, darles de comer, pero ella no tenía permitido ir a la escuela, ni vestirse, ni comer más que sobras. Contó un episodio en el que, acusada por esa familia de haber robado un yogur, en castigo la raparon y la hicieron correr por todo el pueblo para humillarla. Esta situación se extendió a lo largo de toda su infancia, hasta que una tía “me rescató”.

En otro caso, un padre había sido discriminado por sus gustos y por no coincidir con la imagen de “macho” porteño.

El hecho de haber sido fuertemente discriminados de pequeños los alertaba frente a las situaciones en que sus hijos eran discriminados, en algunos casos por manifestar problemas de aprendizaje, en otros casos por tener problemas físicos. Los padres manifestaban dolor por la discriminación que sus hijos padecían por ser “diferentes”. Muchas veces, cuando hablaban de la desprotección que sentían sus hijos ante quienes se burlaban y discriminaban, estaban hablando de su propia impotencia frente a quienes vivenciaban como omnipotentes en su desprecio por el otro. Manifestaban dolor e indignación frente a ese lugar de objetos despreciados en que sus hijos eran ubicados por el sistema. Hijos que ni siquiera habían sido defendidos por sus maestros de la burla de sus compañeros porque, decían, los docentes de las escuelas “normales” habían dicho que sus hijos eran un problema, ya que retrasaban el aprendizaje de sus compañeros.

Así, en la mayoría de los casos los padres al hablar de sus hijos estaban hablando de ellos mismos y de su dolor por haber sido segregados. Hablaron de cómo había sido el vínculo con sus propios padres, de su iniciación sexual y de su adolescencia. Estaban sorprendidos de encontrar un lugar donde ser escuchados, y muchos de ellos manifestaron que nunca habían sido oídos con tanta atención y respeto.

Comenzó a generarse una dinámica donde no sólo los coordinadores hablaban, sino que también los padres decían lo que pensaban acerca de las problemáticas que los otros padres planteaban. Así, el ser escuchados propició la capacidad de escucha de ellos.

Y los hijos de los que asistían a los encuentros comenzaron a manifestar en la escuela, a sus amigos y a los docentes tutores, la sorpresa que les generaba el cambio producido en los padres a partir de su asistencia a estos encuentros. Destacaban que los padres los escuchaban más y que intentaban generar situaciones en las que dialogar.

Propiciamos la reflexión sobre temas como los derechos humanos, la discriminación, la adolescencia y sus ritos de iniciación, el diálogo entre padres e hijos, la posibilidad de que los padres puedan acompañar y respaldar a sus hijos en el camino de asunción de su deseo y en el camino hacia el amor que los hijos elijan. Reflexionaron también acerca de la mejor manera de ayudar a sus hijos cuando vivenciaban situaciones de discriminación en distintos ámbitos.

Pudieron comenzar a cuestionar la lógica de premio-castigo que muchos de ellos implementaban en la crianza de sus hijos. En la medida en que descubrían la importancia de ser escuchados, comenzaron a pensar en la relevancia que podía tener para sus hijos que los escucharan.

La participación de los padres era optativa: muchos de ellos, aun habiendo sido estimulados a concurrir por los docentes y por sus hijos, no asistieron a los encuentros.

Destacamos que el dispositivo de esta escuela ofrece a sus alumnos la posibilidad de insertarse en el mundo, no quedar afuera; les posibilita una salida laboral técnica y la posibilidad de reingresar al sistema educativo una vez finalizada la misma. Es decir, darle un tiempo al sujeto, respetando sus ritmos de aprendizaje diferentes. El objetivo mismo de la creación de este dispositivo escolar es la inclusión en el sistema educativo de aquellos que el sistema excluyó. Sin embargo, muchos jóvenes no pueden aceptar la convocatoria, pues están fuertemente posicionados en ese lugar de objeto de desecho del sistema. El objetivo del proyecto fue que esta situación pudiera virar.

Hemos constatado, a partir de los dichos de los profesores de la escuela y de los padres, que la violencia y la tendencia a la actuación de los jóvenes ha disminuido. Están logrando organizarse para manifestar sus reclamos a la conducción del colegio y planifican la publicación de una revista. Esto ha tenido un fuerte impacto en la confianza que estos jóvenes manifiestan en relación con sus actos. Es impactante el cambio de posición de los padres y de los jóvenes que han participado de los dispositivos de este proyecto, en el cual la apuesta central fue escuchar la palabra de los sujetos. Esto lleva a constatar una vez más que el sólo hecho de ofrecerle a un sujeto que hable, que su palabra va a ser escuchada, tiene un efecto sorprendente en cuanto al cese de las actuaciones y de la violencia. Convocarlos a que hablaran, garantizarles nuestra escucha y nuestro respeto por su palabra, ha tenido un efecto relevante en su posición como sujetos.

* Texto extractado de un artículo en Teoría y testimonios I. De una lábil inscripción en el Otro, publicado por Editorial Grama con subsidio de la Secretaría de Extensión de la UBA. El trabajo da cuenta de una experiencia conjunta de la Asociación Civil Proyecto Asistir, el CBO Nº III Olga Cossettini del Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y la Práctica Profesional “Clínica con púberes y adolescentes”, de la Facultad de Psicología de la UBA.

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